Clara cursa un doctorado en Filosofía en Berlín, en un entorno dominado por hombres que, creyéndose superiores, la aíslan y discriminan de manera sutil pero implacable. Al regresar al hogar de su madre, en un pueblo de la antigua Alemania del Este, nota lo distanciada que está de su familia, aún aferrada a los valores del antiguo régimen.

Clara es una persona que no se siente parte de ningún sitio. En Berlín la miran como a una extranjera enemiga, como a “la comunista”. En el pueblo de su madre, en cambio, es la hija moderna que dejó atrás las convicciones del lugar por la gran ciudad.
Es una película sencilla. Al verla, recuerdo esas producciones chilenas sobre la vida cotidiana. No es una película de grandes actuaciones ni de frases dignas de anotar en tu libreta de apuntes. Es la historia de una mujer que creció en la unificación, en esa Alemania donde no hay reconciliación: una nación destruida, aún dividida por un muro, esta vez ideológico o imaginario.

Aunque no destaca por sus actuaciones en general, nuestra protagonista logra transmitir una interpretación contenida y eficaz. No grita, no explota, no va a romper una casa. Solo nos muestra su vida, y cómo las decisiones que ha tomado han moldeado su entorno. Y sin darnos cuenta, nos introduce —casi en primera persona— en la historia de una persona X de clase media que debe sobrevivir en un mundo hostil.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




