Train Dreams es la violencia desatada, el capitalismo voraz y la soledad de un largo viaje que, en ocho décadas, nos cuenta cómo nació, vivió y murió un gran hombre común.
Dirigida por Clint Bentley y escrita por él junto a Greg Kwedar (con quien escribió Sing Sing), Train Dreams nos muestra la vida de Robert Grainier (interpretado magistralmente por Joel Edgerton), un hombre que trabaja en lugares rudos e inhóspitos como la tala de árboles imponentes, entre otros oficios mal pagados, y que sufre tragedias —mejor no revelarlas— que lo marcan de por vida en este largo viaje.

Su guion, al igual que en Sing Sing, habla de las injusticias que atraviesa un ciudadano común; en este caso, un hombre solitario que, con las pocas herramientas que su país le entrega, se busca la vida intentando ganarle, aunque sea por un momento, al capitalismo feroz que acecha a su familia y a su existencia. Todo esto contrasta con imágenes potentes de paisajes infinitos y gigantescos, árboles que tocan el cielo y una soledad agrietada por pequeñas ventiscas de humanidad.
Train Dreams es un descenso hacia los infiernos más profundos del dolor humano; un dolor abrasador y hostil que, gracias a su dirección dinámica y calmada, junto a una fotografía hermosa (que tristemente no pudimos ver en cines, pero que se alza como lo mejor de la gran N), logra crear una pieza audiovisual que toca el corazón de cualquier espectador—algunos más, otros menos—, pero nadie podría terminarla sin al menos tener una pequeña reflexión.

Por suerte, Sueños de trenes está teniendo el lugar que merece en la temporada de premios y esperamos que gracias a eso (y ojalá gracias a esta crítica) muchos puedan encontrarla, disfrutarla y reflexionar sobre la vida, y que aunque estemos en el fondo del abismo, siempre habrá un alma bondadosa dispuesta a ayudar.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




