Los valores tradicionales que algunos defienden no son más que un espejo de violencia y abuso.
Zulma es una adolescente que crece en un pueblo rural y se ve obligada a acatar las normas y mandatos que su familia y su comunidad religiosa imponen sobre su futuro. Un destino preestablecido del que no se siente convencida, pero que acepta hasta que un hecho detonante la impulsa a tomar las riendas de su vida.

La ópera prima de Axel Monsú es una historia brutalmente dolorosa, pero también real. Los valores conservadores más duros siguen anclados en comunidades apartadas, en campesinos sin acceso a la educación y en generaciones que han crecido perpetuando este modelo, el mismo que algunos aún intentan imponernos a todos.
La película se cocina a fuego lento. Más que involucrarte con los personajes, te conviertes en espectador de la intimidad de Zulma mientras crece y, poco a poco, se rebela. Sin embargo, la pasividad general llega a ser molesta en ciertos momentos.

Los paisajes son hermosos y funcionan como un sello regional muy potente dentro de este infierno cotidiano. La película da voz a quienes siempre han sido excluidos, a los que habitan en los márgenes, casi fuera de la sociedad.
A pesar de sus 77 minutos de duración, la propuesta puede sentirse pesada: la falta de emotividad y el ritmo pausado hacen que en algunos pasajes resulte difícil de seguir, incluso repetitiva.

Aun así, es una ópera prima que vale la pena ver: una historia poco contada y una realidad que es necesario recordar.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




