Sirat se presenta como un trance sonoro en el desierto de Marruecos; un viaje de búsqueda y desesperación tan asfixiante como un árido amanecer.
Dirigida por el español Oliver Laxe, la cinta narra la travesía de un padre y su hijo que se adentran en una rave en medio del desierto marroquí. Su objetivo es encontrar a Marina —hija y hermana de los protagonistas—, desaparecida tiempo atrás en un evento similar. Con la esperanza pendiendo de un hilo, deciden seguir a un grupo de ravers hacia la siguiente fiesta, adentrándose en lo desconocido.
Estamos ante una obra atípica que se apoya en constantes MacGuffins y muta su narrativa a medida que avanza el metraje. Más que una película, es una inmersión sensorial; un trance que no advierte al espectador, sino que lo aplasta en el momento menos esperado, dejándolo atónito.

El filme funciona eficazmente como un retrato de la marginalidad. Los personajes son los rechazados por el sistema, seres dañados —física o emocionalmente— que actúan como la traba en la rueda de la sociedad productiva. Sirat captura esta esencia de forma formidable: ¿qué hay más marginal que unos parlantes conectados a vehículos polvorientos en la nada absoluta? Laxe dibuja un infierno en la tierra donde estos “demonios” intentan, a toda costa, tocar el azul del cielo aunque sea por un segundo.
Sin embargo, a pesar de sus promesas, la obra tropieza en su ejecución. Si bien sus fallos no eclipsan su belleza, la cinta a veces se convierte en un viaje alucinógeno injustificado que puede resultar agotador para el espectador ajeno a este tipo de experiencias. Aunque el inicio es extraordinario, con cada cambio narrativo parte de su genialidad se diluye, dejando una sensación similar a la de comparar Mad Max: Fury Road con su precuela, Furiosa: la magia se siente, pero la intensidad se pierde en el camino.
calificacion: 3,5/5
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




