CRÍTICA DE CINE | ¡AYUDA!: El naufragio de la meritocracia

Sam Raimi vuelve a la carga con una nueva película original que, si bien se aleja del terror puro, mantiene intactos sus sellos característicos. Esta entrega trae consigo la inconfundible música de Danny Elfman y cuenta con la pluma de los guionistas detrás de Freddy vs. Jason.

En ¡AYUDA!, conocemos a una empleada (Rachel McAdams) que, tras un trágico accidente, queda varada en una isla desierta junto a su despreciable nuevo jefe (Dylan O’Brien).

Ella no es una oficinista cualquiera: es una aficionada experta en programas de supervivencia. Él, en cambio, es un sujeto inútil al que se lo han dado todo en la vida y no sabe hacer absolutamente nada. Esta relación desigual atraviesa varios altos y bajos hasta que la situación da un giro inesperado.

¡AYUDA! (titulada Send Help en su versión original) funciona como una mezcla entre Náufrago y Misery con los toques característicos de Raimi. Es una comedia negra que se entrelaza con el terror y el thriller de supervivencia; una mezcla arriesgada que logra sostenerse gracias al innegable carisma y la entrega de sus protagonistas.

Más allá de ser una simple película de “personas perdidas”, la propuesta profundiza en el abuso de poder y la meritocracia. Mientras ella se esfuerza a diario en su trabajo buscando un prometido ascenso, Dylan hereda la compañía de su papá y elige a sus amigos de golf por encima de la empleada mejor calificada. La película plantea una pregunta oscura: si puedes vengarte un poco de aquel sujeto que destruyó tu futuro, ¿por qué no hacerlo?

La cinta presenta un primer y tercer acto bastante interesantes. Sin embargo, el problema reside en el segundo acto, donde el guion se dedica a reforzar ideas que el espectador ya ha entendido, alargando el metraje de forma innecesaria.

Dura dos horas, pero para ser una película sobre dos personas aisladas, tiene media hora de giros que no conducen a nada, desafiando a la audiencia a superar ese valle narrativo para ser recompensada en el clímax.

Que Sam Raimi estrene una película siempre será motivo de celebración, aunque en este caso sea una celebración agridulce. Para un director cualquiera, esta sería una gran obra, pero para el nivel   de Raimi, se siente algo genérica y vacía.

Aun así, es una propuesta muy entretenida, ideal para reír y disfrutar con amigos en una sala de cine.

Calificación: 3 de 5

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