CRÍTICA DE CINE | ALPHA: una increíble idea desperdiciada [SANFIC 21]

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Escrita y dirigida por Julia Ducournau, Alpha es, sin lugar a dudas, la película más contenida y diferente de la directora. Deja de lado el body horror visceral para optar por uno más realista y aterrizado (aunque igual de impactante), en el que plantea una clara alegoría al SIDA y recurre a una considerable cantidad de primeros planos de agujas.

Alpha (Mélissa Boros) es una adolescente problemática de 13 años que vive con su madre. Su vida se desmorona el día en que vuelve a casa con un tatuaje en el brazo. En algún lugar de Francia, sin localización ni tiempo definidos (aunque se intuye Normandía en los años 90), Alpha enfrenta la incertidumbre de no saber si la aguja utilizada —claramente no era nueva— estaba infectada con el virus pandémico que afecta a la población. Debe esperar dos semanas, ya que antes de ese periodo la enfermedad es indetectable.



La película parte de una idea increíblemente potente, pero esa fuerza se diluye en un guion que intenta apilar capas como si quisiera construir una torre, olvidando que sin coherencia todo termina en un montón de escombros.

Para el espectador común resulta difícil seguir una historia no lineal que alterna espacios diferenciados solo por un sutil ajuste de color. Más allá de eso, Alpha se convierte en un relato desordenado que parece más una ópera prima que la obra de la ganadora de la Palma de Oro. Se siente más como el entusiasmo de un director novato que quiere incluir todas sus ideas en una sola película, que como el trabajo meticuloso de una cineasta con experiencia.



La madre (Golshifteh Farahani) no solo es la progenitora de Alpha, sino también la hermana de Amin (Tahar Rahim), un adicto a la heroína contagiado de la enfermedad que —si no lo mencioné antes— convierte a las personas en mármol. Ella trabaja como enfermera en un hospital colapsado, sin camas ni personal suficiente para atender a los pacientes, todos pertenecientes a sectores marginales. Mención especial merece Emma Mackey, que aparece brevemente y ofrece una pequeña pero magistral demostración de su francés.

En cuanto al body horror, Alpha se luce al mostrar cómo la enfermedad convierte a los cuerpos en mármol y provoca que tosan un polvo arcilloso. Es uno de los puntos más impactantes de la película, sobre todo en una escena en la que la madre —despojada incluso de su propio nombre, pues solo se refieren a ella como “mamá”— le realiza un procedimiento en la espalda a Amin. No contaré más, pero es una de esas secuencias que quedan grabadas.


La fotografía, en cambio, resulta decepcionante: por momentos parece un telefilme, y claramente no lo es. El presupuesto, sin embargo, se hace notar en la banda sonora, uno de los apartados más acertados de la producción, capaz de combinar caos y calma en pasajes sonoros que funcionan como respiros entre los espirales del guion.

Aunque Alpha está llena de buenas ideas, su ejecución es torpe y abrupta. Intenta sumar demasiados elementos en momentos aleatorios, lo que la convierte en una ruleta rusa de escenas. Si hay un instante que merece destacarse, es el que ocurre en una piscina, donde se concentra la esencia de lo que Julia Ducournau intenta transmitir. Lamentablemente, no alcanza: queda eclipsado por imágenes repetitivas y elementos narrativos que nunca terminan de cerrar su propósito.

— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)

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