Punk, cine B, kaijus y una inspiración al cine japonés estilo Kamen Rider… ¿qué más podrías pedir?
Matapanki nos cuenta las desventuras de Ricardo, un punky de Quilicura que, en medio de una situación de vida o muerte, hace lo que todo punk periférico que se respeta haría: tomarse un copete de la calle para salir corriendo. Este extraño brebaje le otorga a Ricardo superpoderes y nuestro antihéroe es empujado a ser el héroe que Latinoamérica necesita. Sin muchas opciones, pero con mucha garra (y alcoholismo), lucha contra las injusticias que el sistema nos impone.

La película se siente como un chiste que traspasó los límites. Es de esos proyectos underground que están destinados a ser clásicos de culto, de esos que con el tiempo recuerdas con tus amigos amantes del cine B; una de esas historias que Salfate podría contar a medianoche con música lúgubre de fondo.
Grabada en un blanco y negro ultragranulado y con una cámara en mano vertiginosa, Matapanki se siente como una obra muy cercana, muy periférica, muy marginal. Tiene una suciedad de la que se enorgullece y una comedia hilarante que pocas veces vemos en el cine chileno, valiéndose de un lenguaje coloquial muy local y una historia tan absurda como interesante.

No se confundan: Matapanki no es solo excesos y alcohol. En su suciedad esconde un mensaje político que —entre rayos láser, kaijus que destruyen maquetas de cartón piedra, artes marciales imperfectas y música de barrio— nos habla sobre cómo seguimos siendo un pueblo al sur de Estados Unidos, el patio trasero que quieren conquistar.
Hoy más que nunca, Matapanki es una cinta con un mensaje que necesitamos recordar, todo dentro de una de las películas más locas que se proyectarán en salas chilenas este 2026.
Calificación: 3,5 de 5




