Hace 16 años James Cameron sorprendió al mundo entregándonos una historia sobre un planeta llamado Pandora, donde todo lo que veíamos en pantalla era simplemente increíble. La experiencia 3D nunca fue tan inmersiva. Bueno, 16 años después, esa fórmula ya no es suficiente.
La tercera entrega de Avatar es la prisión de James Cameron. Pudo ser conocido como el director de Terminator, una de las mejores sagas de ciencia ficción, o como el director de Titanic, película que ganó 11 premios Oscar y rompió todos los récords. Pero no: decidió ser conocido por una película anti-Titanic, Avatar, la historia de la raza de los na’vi salvados por un militar blanco que se pone de su lado.
Y sí, la experiencia de ver Avatar en una sala de cine es única. No hay mejor experiencia cinematográfica que Avatar (visualmente hablando). James Cameron estudió neurociencia para lograr que el efecto 3D no nos cansara, ya que, según dice, no nos cansa visualmente, sino mentalmente, y eso se nota.

Pasando a la narrativa, la historia es otra. Avatar tenía una rígida estructura de malos contra buenos, y en esta nueva entrega esas estructuras se doblan por momentos. Conocemos a una raza de na’vi que son realmente malos, en una escena inicial digna de un western, donde los na’vi del fuego son los indios que vienen por el botín y nuestros protagonistas los vaqueros que defienden el cargamento. Pero si son vaqueros, son más como en Red Dead Redemption que como en Django, porque James Cameron proyecta una cinemática en la pantalla. No podría llamarle experiencia cinematográfica: deforma la imagen de 24 fotogramas por segundo, alternando planos con 48 y 60 fotogramas por segundo, lo que puede descolocar al espectador.
Avatar: Fuego y ceniza dura casi lo mismo que El padrino II. La diferencia es que en El padrino II, cuando la película termina, estás pensando cuándo ocurrió, cuándo pasó el tiempo; en cambio, en Avatar: Fuego y ceniza, cuando llevas una hora y media ya te estás moviendo en tu asiento. El inicio es potente y tiene una de las mejores escenas de acción del cine moderno, pero luego de eso no hay nada. Pandora parece un mundo agotado, contando la misma historia en círculos, y cuando ya vimos su segunda entrega hace tres años, no podemos divertirnos con la misma historia otra vez.
Podríamos decir que esta historia no sirve para mucho. Hay consecuencias tan pequeñas que podrían ser un episodio de relleno, y conociendo ya esta saga, esas pequeñas consecuencias terminarán en la basura en pos de una nueva artimaña visual que nos traerá Cameron en una película donde nada es real. Y aunque la experiencia visual sigue siendo profundamente inmersiva, en una cuarta entrega ya no sé si habrá tanta gente dispuesta a llenar las butacas.
Calificación: 2,5/5
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




