Eddington es un pueblo de Nuevo México. La historia nos sitúa en el año 2020, en plena pandemia de COVID-19, y en medio de un Estados Unidos polarizado conocemos a nuestro protagonista: un sheriff negacionista interpretado por Joaquin Phoenix, quien mantiene una fuerte rivalidad con el alcalde, interpretado por Pedro Pascal, debido a sus diferencias sobre el uso de mascarillas y las medidas sanitarias. El sheriff decide postularse a la alcaldía, y así lo seguimos durante toda la película en su locura, sus conspiraciones y su sufrimiento.

Es la cuarta película de Ari Aster, después de Hereditary, Midsommar y la (según yo) infame Beau tiene miedo. Aquí nos entrega un western contemporáneo situado en un pueblo enfermo donde todos parecen idiotas. Según Aster, los personajes son ridículamente estúpidos, y la película reparte golpes a todo lo que se cruza. La misantropía le corre por las venas, pero sinceramente, no funciona del todo.
Uno de los principales problemas es su duración: casi 2 horas y 30 minutos, cuando fácilmente podría haber durado una hora menos. No media hora, no 20 minutos: una hora. La condensación no parece ser el fuerte de Aster, y me recuerda un poco a Zack Snyder con sus películas extensas que después reciben versiones aún más largas.

La dirección es correcta, pero promedio. Estamos muy lejos de aquel director del “terror diurno” que sorprendió en Midsommar. No entiendo por qué dejó de hacer cine de terror, pero sí creo que es momento de dejar de colocarlo al lado de Robert Eggers.
La historia tiene potencia, pero se diluye en obviedades. A ratos parece una película muy “de Netflix”, donde las cosas ocurren dos o tres veces para que el espectador entienda sin necesidad de estar tan atento.

Joaquin Phoenix carga con el peso completo de la cinta. Su descenso a la locura está muy bien interpretado y responde a la exigencia del papel, pero lamentablemente otros aspectos no lo acompañan al mismo nivel.
No todo es malo: hay paralelismos interesantes y, si puedo destacar uno, es la escena con la ametralladora (que también aparece en el póster). Parece una clara referencia a Franco Nero en la Django original de 1966, un guiño disfrutable si conoces el contexto.

El tramo final es una ola de violencia que, aunque brutal, se disfruta porque está muy bien filmada. La violencia tiene sentido narrativo y sirve como cierre.
Ari Aster es un director increíble, no cabe duda. Aquí entrega un western moderno con personajes llenos de capas, pero saboteados por la manera en que los retrata como simples imbéciles. El único enemigo de esta película parece ser el propio Aster y su editor. Aun así, recomiendo verla en cines: tiene escenas brillantes y el desierto, en pantalla grande, siempre resulta hipnótico.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




