Nuestro protagonista es Rogelio, un niño de 8 años cuyos padres nunca están y cuyo dentista suele darle los mejores regalos de cumpleaños. El verano en el que transcurre la historia debe pasarlo con su niñera en un pequeño pueblo de la selva de Yucatán. Allí, obsesionado con El libro de los espíritus, Rogelio desarrolla una fascinación por la muerte: empieza a tener visiones y a encontrar rastros de ella en los alrededores, hasta que sus amigos le hablan del “Monstruo de Xibalbá”, un anciano solitario de quien circulan historias macabras. Sin temor y con una profunda intriga, Rogelio decide ir a su encuentro, iniciando un viaje de aventuras monstruosas.

Monstruo de Xibalbá es la ópera prima de Manuela Irene, un coming-of-age con tintes de horror. Se trata de una mezcla entre lo atmosférico, lo folklórico y lo poético que propone un film pausado, con rimas visuales que logran cohesionar sus elementos. Aunque en ciertos momentos la película se pierde entre estos conceptos, logra retomar el rumbo, aun si el trayecto resulta un tanto irregular.
El existencialismo del film se refleja desde sus primeros planos, alargados y contemplativos, que muestran un lugar entre el abandono y la belleza natural. Se percibe un aire enrarecido: habitantes resentidos por el olvido estatal, pero al mismo tiempo hostiles hacia los capitalinos del DF.

El personaje del “Monstruo de Xibalbá” responde a una figura muy típica del imaginario rural: un hombre solitario, marcado por el odio hacia los citadinos, rodeado de ruinas y objetos que resisten al tiempo. Rogelio, en contraste, es un niño inocente que no busca comprender el tiempo, sino explorar los misterios de la muerte.
La propuesta de cámara en movimiento entorpece en ocasiones la apreciación de los paisajes y la fotografía, que pedían planos fijos para potenciar su fuerza plástica. Por su parte, la banda sonora orquestal remite a los films de terror de los años 40: a veces subraya demasiado la tensión y resulta incómoda, pero en otras escenas se funde con las imágenes para crear momentos poéticos de auténtico terror.
Esta pequeña película mexicana combina muchos conceptos en un debut que, aunque imperfecto, deja ver destellos de gran cine. No pierdan de vista a Manuela Irene: en futuras obras puede sorprendernos con algo mayor.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




