CRÍTICA DE CINE | UNA QUINTA PORTUGUESA: la paz luego de la tormenta [SANFIC 21]

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Un profesor de geografía español queda completamente solo cuando su esposa, una mujer serbia, decide marcharse de un día para otro sin aviso, dejando a Fernando con un vacío existencial tan fuerte que resulta imposible quedar indiferente.

Al comprender que su esposa no volverá, viaja a un hotel en Portugal donde, casi por casualidad, conoce a Manuel, un jardinero nómada que va de un sitio a otro buscando trabajos temporales para vivir en libertad. Una vida que Fernando nunca hubiera imaginado para sí mismo. Sin embargo, tras la inesperada muerte de Manuel, y sin mala intención, Fernando decide apropiarse de su identidad y se traslada a una finca portuguesa. Allí, bajo el nombre de su amigo, se convierte en un hombre cercano a la dueña del lugar y empieza a vivir una existencia que no le pertenece. Claro que nada dura para siempre.


El ganador del Goya, Manolo Solo, interpreta a Fernando en un viaje íntimo y doloroso. Un trayecto calmo, incluso aparentemente trivial o “aburrido”, pero que encierra una profunda capacidad de transmitir esa extraña sensación de paz dentro del vacío existencial, un vacío que, paradójicamente, también puede otorgar libertad.

Una quinta portuguesa demuestra que no todas las historias deben ser grandilocuentes para ser profundas: pueden ser sutiles pero intensas, lentas pero cargadas de significado. Es una película que nos recuerda que, aunque un día podamos perderlo todo, siempre existe la posibilidad de reconstruirnos, de resurgir, de crear nuevas conexiones. En tiempos de desesperanza e individualismo, esta historia nos enseña que las personas más inesperadas pueden tendernos una mano, y que aceptar esa ayuda también es parte de la vida. Porque tarde o temprano, nosotros podremos ser la mano de alguien más, y así, entre todos, torcerle un poco la partida a la oscuridad.



El diseño sonoro cumple un papel fundamental. “Quinta” alude a la finca donde crecen viñedos y abunda la vegetación, escenario que justifica la presencia de un jardinero. El sonido de la naturaleza otorga calma, en contraste con la agitación urbana de la vida que Fernando dejó atrás en España, y lo confronta con esa identidad que ya no sabe si desea recuperar.

Los planos, de aparente sencillez, resultan increíblemente potentes. La fotografía envuelve con verdes intensos y sombras profundas, mientras que pequeños detalles —como partidas de cartas o símbolos que emergen discretamente— acompañan el desarrollo de la historia con sutileza, sin subrayarse, como invitando al espectador a recorrer este viaje sin atajos. Y eso, en la era del “scroll” constante, resulta casi mágico.


Una quinta portuguesa logra un equilibrio exquisito entre interpretaciones conmovedoras, una puesta en escena visualmente evocadora y un diseño sonoro envolvente. Una historia que quizá no esperabas conocer, pero que difícilmente olvidarás.

— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)

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