Un simple accidente, película ganadora de la Palma de Oro en Cannes, es un drama profundamente conmovedor que se disfraza de comedia hilarante, para luego revelar un dilema moral que interfiere con una venganza cocinada durante años.

Vahir, un mecánico automotriz que estuvo encarcelado por el régimen iraní, fue interrogado y torturado con los ojos vendados durante su condena. Nunca pudo ver a su verdugo, pero sí escucharlo: un “monstruo” con una pierna protésica que emitía un chillido metálico inconfundible. Ese sonido quedó grabado para siempre en su memoria. Un día, el mismo chillido entra directamente a su taller.
Sin pensarlo, Vahir decide vengarse. En un arrebato, secuestra al hombre que cree reconocer por aquel ruido. Sin embargo, el supuesto torturador lo niega todo. A punto de enterrarlo vivo, la conciencia lo atormenta: la moral nubla su vista. Finalmente, opta por subirlo a su camioneta y recorrer la ciudad, buscando a otros ex prisioneros que lo acompañaron en el pasado, para que lo ayuden a identificar si ese chillido es el mismo que los persigue en pesadillas.

Se trata de un drama moral y visceral, profundamente doloroso. Personas comunes y corrientes, marcadas por la tortura y que intentan reconstruir sus vidas, se ven alcanzadas por un recuerdo sonoro imposible de olvidar. Un simple accidente plantea la incógnita de qué hacer en un caso así, con un lenguaje cargado de planos secuencia y tomas prolongadas que acercan la realidad al espectador, haciéndolo partícipe de la historia y obligándolo a tomar posición.
La película suma personajes a la camioneta de Vahir, cada uno con su historia particular. Aunque las experiencias se parecen, cada cual interpreta la situación desde un ángulo distinto: algunos de manera visceral, otros desde la moral, varios preguntándose si, al vengarse, terminarán convirtiéndose en aquello que odian. Son tantas las interrogantes que Jafar Panahi logra desplegar, sostener y responder con sorprendente serenidad dentro de un relato atravesado por la violencia.

Una de las virtudes que más impacta son los diálogos: brutales, intensos, cargados de detalles escalofriantes sobre lo vivido. Todo ello filmado en planos secuencia, con encuadres abiertos, sin recurrir a los artificios habituales del lenguaje cinematográfico, confiando en la fuerza de la palabra. Los diálogos entran y salen, se contraponen, incluso rozan lo absurdo y lo cómico en ciertos momentos, lo que acentúa aún más el contraste con el horror narrado.
Podría destacar muchos aspectos técnicos, pero la verdadera magia de esta película radica en la amarga experiencia de su director, en la inocente violencia de sus protagonistas y en los debates morales que plantea: discusiones que trascienden fronteras y que podrían ocurrir en cualquier parte del mundo, incluido Chile. La fuerza de Un simple accidente está en su lenguaje universal, capaz de explicitar el horror y, al mismo tiempo, levantar un discurso político claro contra los regímenes autoritarios. Un mensaje tan necesario y preciso en tiempos donde el fascismo parece presentarse como una opción elegida por demasiados.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




