Christin es una hermosa joven de 24 años que vive atrapada en el círculo vicioso de la vida rural, en la granja de su novio de toda la vida. Tiene una parada de autobús, un par de casas, muchas vacas y un extenso campo. Los prometedores años posteriores a la reunificación de Alemania ya han quedado en el olvido, y ahora solo le queda una relación sin amor, el abrasador calor del verano y una botella de licor que, al igual que su vida, parece consumirse sin que nadie lo note.

Este ciclo sin fin se rompe cuando conoce a Klaus, un ingeniero de 46 años en quien encuentra una forma de sentirse viva. Saskia Rosendahl interpreta magistralmente a esta joven hundida en la soledad, una muchacha que pide ayuda a gritos sin que nadie pueda escucharla. Es una película potente que retrata cómo el machismo absorbe a las mujeres hasta despojarlas de toda humanidad.
El guion, por momentos, parece estirarse con la intención de que nos encariñemos aún más con su protagonista, aunque no parece necesario: en sus primeros minutos ya queda clara la dinámica y se logra empatizar con esta chica. El pacto con el espectador se sella rápidamente, a no ser que no tengas corazón, claro.
La fragilidad de Christin se manifiesta de distintas formas, en una escala de desolación que no da respiro. Muchas veces, ni ella misma sabe qué la motiva a realizar ciertos actos; busca momentos que no disfruta y piensa en refugiarse en lugares inhóspitos. La vida, definitivamente, no le da tregua a esta joven que, pese al calor intenso, sigue congelada en el tiempo.
— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)




