CRÍTICA DE CINE | BEYOND THE BLUE BORDER: nadar hacia la libertad en un mundo dividido

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Hanna y Andreas son dos amigos que viven sus vidas en la RDA en 1989. Debido a sus pensamientos críticos hacia el sistema político, se convierten en blanco de la policía secreta. Por ello, deben renunciar a sus planes futuros y, en medio de la desconfianza, deciden que su única opción es escapar a través del mar Báltico: cincuenta kilómetros de mar hasta llegar a tierra firme. Con algunos consejos y un sueño, deben decidir cuál será su camino.


Tengo sentimientos encontrados con esta película, porque retrata un mundo idealizado del lado capitalista y un infierno caricaturescamente rojo en el lado soviético. Y aunque en todos lados existen fanáticos, no puedo creer que la llegada de McDonald’s sea la solución a todos los problemas.

Sin tener toda la información, no puedo emitir un juicio definitivo sobre el sesgo de la película, así que eso lo dejo al espectador. Dicho esto, la película nos pone en los zapatos de adolescentes con sueños: un par de amigos que han crecido con una idea de vida, divididos entre el amor por su nación socialista y el deseo, tan propio de los jóvenes, de rebelarse y conocer aquello que se les prohíbe.


Hanna es una nadadora con una carrera olímpica por delante, un diamante en bruto que están moldeando para ganar. Andreas, en cambio, es un chico atrapado en una vida que gira en círculos, un joven que quiere escapar para vivir las bondades del otro lado del muro.

Es una película que habla sobre la libertad de elegir, de conocer, y de los riesgos que un adolescente está dispuesto a tomar para alcanzar esa libertad, aunque muchos quieran oponerse. Y, claro, es también un ejercicio sobre la amistad.

— Por Mauricio Casanova (Cine Aficionado)

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